| Archivo | Indicadores | Lun 10 abr, 2006 - Dom 16 abr, 2006 | Escríbanos |
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El día que el fuego no se detuvo ni un instante Rodolfo González Ulloa Hace 150 años los ticos peleamos nuestra batalla más sangrienta San José era un hervidero. La gente se agolpaba en las oficinas del Poder Ejecutivo y la Imprenta Nacional, pidiendo a gritos noticias de sus familiares. Los primeros rumores que llegaron el 17 de abril, a través de cartas y vagas noticias, aumentaban el número de muertos y heridos. Lorenzo Montúfar, primer cronista oficial de la guerra, estaba entonces en la capital y recogió una frase de don Eusebio Rodríguez que refleja el estado de ánimo de la población: "han acabado todos, todos, toditos". El ministro de guerra, Manuel Carazo, se paseaba por la sala de recepción de la casa de gobierno y se lamentaba: "Ahí está el resultado, sí, sí, y no lo querían creer. Se les estuvo diciendo, sí". Montúfar recoge otro lamento de las calles josefinas: "no debimos empinarnos para ver lo que estaba más allá de la frontera". Mientras tanto, el vicepresidente Francisco María Oreamuno protestaba contra el gobierno guatemalteco por no intervenir a tiempo y dejar sólos a los costarricenses en Rivas. Pero una vez recibidos los partes oficiales, Oreamuno mandó disparar balas de salva y tocar las campanas de la catedral para avisar que aquello había sido un triunfo. Errores garrafales Más de 500 ticos murieron en esa batalla del 11 de abril de 1856, contra aproximadamente 250 filibusteros. Hubo derroche de heroísmo, pero también dos errores militares gigantescos, que diezmaron al ejército, contribuyeron a la expansión del cólera y con ello permitieron al jefe de los filibusteros recuperar Rivas tan solo unos pocos días después. Según el historiador Rafael Obregón Loría, en Costa Rica y la guerra contra los filibusteros, el primer error fue no reaccionar el 9 de abril a la información de que los estadounidenses avanzaban contra Rivas. En lugar de construir trincheras, los ticos sólo mandaron una expedición a averiguar más datos del rival. El segundo gran error del estado mayor fue insistir en recuperar un cañón que los filibusteros atraparon al inicio de la batalla, en una esquina de la plaza de Rivas. Su infructuosa recuperación costó la vida a 250 soldados. Otros héroes Pero en medio de los cuestionamientos, las fuentes históricas coinciden en el valor con el que combatieron las fuerzas nacionales. Luis Pacheco Bertora-con sombrero en la foto-logró encender el Mesón de Guerra antes que Juan Santamaría, pero algunas fuentes orales dicen que el fuego se extinguió. Sobrevivió al percance, pese a sus graves heridas, y no figuró en el siglo XIX como héroe por un juicio que enfrentó antes de la guerra por abuso sexual a una menor. El general salvadoreño José María Cañas fue clave en esta batalla-la otra foto de esta página- pues su fuerte combate por el sector sur de la plaza de Rivas fue la que obligó a los filibusteros a replegarse en el Mesón de Guerra. Sobre Juan Santamaría, el general Víctor Guardia, quien participó en esta batalla, dijo años despúes: "tanto en los días inmediatos a la batalla, como en la retirada del ejército, el nombre del héroe alajuelense estaba en todas las bocas. Esto lo afirmo y certifico, y me hago la ilusión de creer que alguna fe merece la palabra de un viejo militar que ama la verdad por encima de todas las cosas". |
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