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Estilos de Vida

Artículos Edición # 682

Tres miradas al cuerpo femenino

El Financiero

Magdalena Andrade

Detrás de cada decisión de la mujer en torno a su cuerpo –desde cuidar su figura hasta enfrentar un cambio radical de su imagen– hay un mensaje que habla de su forma de enfrentar a la sociedad, y su anhelo histórico: ser aceptada dentro de su comunidad.
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CLASE EJECUTIVA

Piojos y amor paterno

Ana Istarú

En aquel tiempo, en la soleada comarca de nuestra infancia, los piojos no existían. Sólo poblaban algo tan irreal como la India o el distante pasado de nuestros padres.

Eran seres literarios. Teníamos a cambio los flagelos domésticos de pulgas y zancudos. Las primeras morían a fuerza de baño e ingeniosos procedimientos de los dedos pulgares, así llamados por su cívico aporte.

Los segundos morían a base de lentas espirales que marcaron con su indeleble peste nuestro sueño. Los piojos eran prerrogativa exclusiva de los desheredados del mundo, un bochornoso estigma.

Pero cambian los tiempos. En la primera cita que tuve con un piojo tomé ese asunto indescriptible que se movía en la cabeza de mi hija y lo llevé a la farmacia.

El proceso de identificación produjo en la dependiente un ataque de alarma y en mí un ataque de nervios.

Hoy día, por asunto, será, de avances democráticos, hasta los niños bien de los colegios caros se rascan la cabeza coronada por el perlado brillo de las liendres.

Nuestros hijos se intercambian piojos como nosotros antaño postalitas. Pero nadie admite el oprobio. De eso no se habla. Ni se actúa. Sólo un poco de champú supuestamente pesticida, que no pasa de emborracharlos.

Señores, sé de lo que hablo: los piojos adoran la nuca, la carrera, la coronilla, los pabellones de las orejas y el lado del que se duerme. Y la única forma de librarse de ellos es un peine de marfil (hoy día de plástico, ¢250 en cualquier farmacia) y cantidades industriales de amor paterno para arrancar con las uñas, uno por uno, sus huevecillos, más aferrados al cabello que un indigente a su botella.

Pero en esta tierra de apariencias ni lo hacemos ni queremos verlo. Los piojos (¿o los niños?) se desploman al fondo de la agenda.

Esta materfamilias exhausta que rubrica insta a la población a procrear niños calvos o a ubicar correctamente las prioridades y a ocuparse de una buena vez por todas de sus hijos.



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